24
May
09

Reading II

Lea e intente traducir este texto, a continuación de este se encuentra su correspondiente traducción

There was no possibility of taking a walk that day. We had been wandering, indeed, in the leafless shrubbery an hour in the morning; but since dinner (Mrs. Reed, when there was no company, dined early) the cold winter wind had brought with it clouds so sombre, and a rain so penetrating, that further out-door exercise was now out of the question.

I was glad of it: I never liked long walks, especially on chilly afternoons: dreadful to me was the coming home in the raw twilight, with nipped fingers and toes, and a heart saddened by the chidings of Bessie, the nurse, and humbled by the consciousness of my physical inferiority to Eliza, John, and Georgiana Reed.

The said Eliza, John, and Georgiana were now clustered round their mama in the drawing-room: she lay reclined on a sofa by the fireside, and with her darlings about her (for the time neither quarrelling nor crying) looked perfectly happy. Me, she had dispensed from joining the group; saying, “She regretted to be under the necessity of keeping me at a distance; but that until she heard from Bessie, and could discover by her own observation, that I was endeavouring in good earnest to acquire a more sociable and childlike disposition, a more attractive and sprightly manner –something lighter, franker, more natural, as it were– she really must exclude me from privileges intended only for contented, happy, little children.”

“What does Bessie say I have done?” I asked.

“Jane, I don’t like cavillers or questioners; besides, there is something truly forbidding in a child taking up her elders in that manner. Be seated somewhere; and until you can speak pleasantly, remain silent.”

A breakfast-room adjoined the drawing-room, I slipped in there. It contained a bookcase: I soon possessed myself of a volume, taking care that it should be one stored with pictures. I mounted into the window-seat: gathering up my feet, I sat cross-legged, like a Turk; and, having drawn the red moreen curtain nearly close, I was shrined in double retirement.

Folds of scarlet drapery shut in my view to the right hand; to the left were the clear panes of glass, protecting, but not separating me from the drear November day. At intervals, while turning over the leaves of my book, I studied the aspect of that winter afternoon. Afar, it offered a pale blank of mist and cloud; near a scene of wet lawn and storm-beat shrub, with ceaseless rain sweeping away wildly before a long and lamentable blast.

I returned to my book–Bewick’s History of British Birds: the letterpress thereof I cared little for, generally speaking; and yet there were certain introductory pages that, child as I was, I could not pass quite as a blank. They were those which treat of the haunts of sea-fowl; of “the solitary rocks and promontories” by them only inhabited; of the coast of Norway, studded with isles from its southern extremity, the Lindeness, or Naze, to the North Cape –

A continuación compruebelo aquí

Aquel día no fue posible salir a paseo. Por la mañana jugamos durante una hora entre los matorrales, pero, después de comer (la señora Reed comía temprano cuando no habla gente de fuera), el frío viento invernal trajo consigo unas nubes tan sombrías y una lluvia tan recia, que toda posibilidad de salir se disipó.

Yo me alegré. No me gustaban los paseos largos, sobre todo en aquellas tardes invernales. Regresábamos de ellos al anochecer, y yo volvía siempre con los dedos agarrotados, con el corazón entristecido por los regaños de Bessie, la niñera,. y humillada por la conciencia de mi inferioridad física respecto a Elisa, luan y Georgina Reed.

Los tres, Georgina, Elisa y Juan, se agruparon en el salón en torno a su madre, reclinada en el sofá, al lado del fuego. Rodeada de sus hijos (que en aquel instante no disputaban ni alborotaban), mi tía parecía sentirse perfectamente feliz. A mí me dispensó de la obligación de unirme al grupo, diciendo que se vela en la necesidad de mantenerme a distancia, hasta que Bessie le dijera, y ella lo comprobara, que yo me esforzaba en adquirir mejores modales, en ser una niña más obediente. Mientras yo no fuese más sociable, más despejada, menos huraña y más agradable en todos sentidos, la señora Reetl se creía obligada a excluirme dé los privilegios reservados a los niños obedientes y buenos.

¿Y qué ha dicho Bessie de mí? -interrogué al oír aquellas palabras.

-No me gustan las niñas preguntonas, Jane. Una niña no debe hablar a los mayores de esa manera. Siéntate en cualquier parte, y mientras no se te ocurran mejores cosas que decir, estáte callada.

Me deslicé en el comedorcito de desayunar anexo al salón y en el cual habla una estantería con libros., Cogí uno que tenía bonitas estampas Me encaramé al alféizar de la ventana, me senté en él cruzando las piernas como un turco y después de correr las rojas cortinas que protegían el hueco, quedé aislada por competo en aquel retiro.

Las cortinas escarlata limitaban a mi derecha mi campo visual, pero a la izquierda, los cristales, aunque me defendían de los rigores de la inclemente tarde de noviembre; no me impedían contemplarla. Mientras volvía las hojas del libro, me paraba de cuanto en cuando para otear el paisaje Invernal. A lo lejos, todo se fundíaa en un horizonte plomizo de nubes y nieblas. De cerca, se divisaban los prados húmedos y los arbustos agitados por el viento, y sobre toda ta perspectiva caía, sin cesar, una lluvia desoladora.

Continué hojeando mi libro. Era una obra de Bewick, consagrada en gran parte a las costumbres de los pájaros, y cuyas páginas de texto me interesaban poco, en general. No obstante, habla unas cuantas de introducción que, a pesar de ser muy niña aún, me atraían lo suficiente para no considerarlas áridas del todo. Eran las que trataban de los lugares donde suelen anidar las aves marinas: “las solitarias rocas y promontorios donde no habitan más que estos seres”, es decir, las costas de Noruega, salpicadas de islas, desde su extremidad meridional hasta el Cabo Norte.


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