24
May
09

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Mr. Utterson the lawyer was a man of a rugged countenance that was never lighted by a smile; cold, scanty and embarrassed in discourse; backward in sentiment; lean, long, dusty, dreary and yet somehow lovable. At friendly meetings, and when the wine was to his taste, something eminently human beaconed from his eye; something indeed which never found its way into his talk, but which spoke not only in these silent symbols of the after-dinnerface, but more often and loudly in the acts of his life. He was austere with himself; drank gin when he was alone, to mortify a taste for vintages; and though he enjoyed the theater, had not crossed the doors of one for twenty years. But he had an approved tolerance for others; sometimes wondering, almost with envy, at the high pressure of spirits involved in their misdeeds; and in any extremity inclined to help rather than to reprove. “I inclineto Cain’s heresy,” he used to say quaintly: “I let my brother go to the devil in his own way.” In this character, it was frequently his fortune to be the last reputable acquaintance and the last good influence in the lives of downgoing men. And to such as these, so long as they came about his chambers, he never marked a shade of change in his demeanour.

No doubt the feat was easy to Mr. Utterson; for he was undemonstrative at the best, and even his friendship seemed to be founded in a similar catholicity of good-nature. It is the mark of a modest man to accept his friendly circle ready-made from the hands of opportunity; and that was the lawyer’s way. His friends were those of his own blood or those whom he had known the longest; his affections, like ivy, were the growth of time, they implied no aptness in the object. Hence, no doubt the bond that united him to Mr. Richard Enfield, his distant kinsman, the well-known man about town. It was a nut to crack for many, what these two could see in each other, or what subject they could find in common. It was reported by those who encountered them in their Sunday walks, that they said nothing, looked singularly dull and would hail with obvious relief the appearance of a friend. For all that, the two men put the greatest store by these excursions, counted them the chief jewel of each week, and not only set aside occasions of pleasure, but even resisted the calls of business, that they might enjoy them uninterrupted.

Una vez leido y traducido compruebalo aquí

El abogado Utterson era un hombre de semblante serio, nunca iluminado por una sonrisa; frío, parco y oscuro en la conversación; tímido en la expresión del sentimiento; largo, enjuto, ceniciento y triste y, sin embargo, de un modo u otro, caía simpático. En las reuniones de amigos, y cuando el vino era de su gusto, algo hondamente humano irradiaba de sus ojos; algo que nunca llegaba a reflejarse en sus palabras, pero que hablaba, no sólo en los gestos mudos de su rostro en la sobremesa, sino también y muchas veces y a gritos en todos los actos de su vida. Era austero consigo mismo; cuando estaba solo bebía ginebra para mortificar su inclinación por los vinos añejos, y, aunque disfrutaba con el teatro, no había entrado en ninguno desde hacía veinte años. En cambio, tenía una reconocida tolerancia para con los demás; admirando a veces casi con envidia, la gran fuerza de espíritu que implicaba cometer ciertas fechorías y, en caso de algún apuro, prefiriendo siempre ayudar en lugar de condenar.

-Prefiero la herejía de Caín -acostumbraba a decir-. Yo dejo a mi hermano que se vaya al diablo por su propio camino.

Por este carácter suyo, a menudo su destino era ser la última amistad honorable y la última influencia buena en las vidas de hombres en degeneración. Y, mientras continuaran frecuentando su casa, él nunca mostraba una sombra de cambio en su conducta.

Sin duda, esta «proeza» no era difícil para un hombre como Utterson que, en el mejor de los casos, era reservado y que basaba sus amistades en una tolerancia sólo comparable a su bondad. Es característico de la persona modesta el aceptar de manos de la fortuna el círculo ya trazado de sus amistades, y tal era lo que le ocurría a nuestro abogado. Sus amigos eran las gentes de su familia o bien aquellos a quienes conocía desde hacía largo tiempo. Sus afectos, como la hiedra, eran obra del paso de los años y no respondían necesariamente a ninguna aptitud o carácter especial por parte de quien los inspiraba. Los lazos que le unían a Richard Enfield, pariente lejano suyo, muy conocido en toda la ciudad, eran de ese tipo. Para muchos, aquella relación era un enigma y se preguntaban qué, podrían encontrar de interesante el uno en el otro y qué tendrían en común. Todo el que se topaba con ellos durante sus paseos de los domingos, decía que no hablaban nada, que parecían mortalmente aburridos y que recibían con evidente satisfacción la aparición de un amigo. Y, sin embargo, a pesar de todo, ambos ponían el mayor interés en esas excursiones, las apreciaban como el mejor momento de cada semana y, no sólo rechazaban otras oportunidades de diversión para poder disfrutar de ellas sin interrupción, sino que incluso se resistían a la llamada del trabajo.


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